
Tarde en el campo vestía varias capas de ropa entre mucha gente que se imantaba de a tres, de a cuatro, de a dos. El fuego atraía a los demás, el frío y la humedad eran conscientes, cada vez más y la sensación física interna del traspaso del congelamiento irrefrenable se hacía más intensa. En el fuego ella le hablaba. Quería que ella lo hiciera con ella. Y del silencio arrancó la pregunta que hacía minutos había estado suspendida en el aire como el humo que no quería subir para perderse en la infinitud desconocida del cielo negro. Sin pensar demasiado estuvo la respuesta y la emoción dada, cubiertos los ojos con algunas lágrimas y una sonrisa en el rostro que dejaba entrever una resignación cerrada. Y ella: yo también. Caminó hacia las botellas y llenó su vaso sin saber otra cosa que no fuera esa respuesta. Perturbada anduvo con los pies en el pasto de verde luminoso y siguió sin importar hacia donde seguía. Ya daba igual que el pasto la mojara, que el frío la paralizara, que el vaso se vaciara. Lo importante estaba en esos pasos que avanzaban sin tregua y sin certezas, pero que avanzaban hacia un lugar, que podía ser espejismo como también la verdad que intuía dibujada en esos negros sin lunas agrietadas, sin lunas enteras, sin lunas. En el negro el negro no sería ya negro y habría lunas y calor y el deseo que por respuesta había pronunciado siendo más pregunta, más fuerza en sus pies.

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