(...)
Y dime ahora qué se siente estirada en el banco, cubierta de plástico, a plena espalda de la literatura. Porque así se puede decir cualquier cosa -dime algo de tu arrogancia- puedes verificar como empiezan a llegar los pálidos hasta los demás bancos y cada uno se tapa, aunque ya traspasados bajo la lluvia y encuentran entonces sus miradas -digo- que se tienden a traves del polietileno produciendo la desproporción del ángulo, transformando los faroles, los árboles, el cesped, hasta que lleguen a ubicarla -tambien deformado bulto- a la que se mueve en la impunidad del refrote. Así la lluvia se desata sobre éstos pero se refrota en el plástico, privando el goce carnal de esa agua.
-Pero cómo brillan esos, cómo aguantan la maestría de sus dobleces, cómo se miran ésos y se reciben desatados, púbicos, limpios. Saber que sus pieles se erizan por el agua que no los toca. Sí, sus piernas y vellos con la boca remiten gestos: la lengua sobre los labios, los ojos empañados bajo el plástico y se encienden para nadie los faroles, para nadie este ornamento. Se acomodan como líneas ordenadas sobre la página y toda la plaza los imprime y toda lluvia los entinta. Se imprimen y se tensan en su propio movimiento y por refrote son publicados: familiares en su orden, tipificados-.
-Cómo se sublevan por los toques: Ilusionismo del plástico que los niega en módulos fragmentarios, reiterándolos como esquirlas, circunstanciales carteles o afiches quizás, saltando desde los resquicios, implementados como grafitis: sus cuerpos-.
-Como contrabandean sus miradas antecediendo a la plaza como antro, prófugos de la letra impresa, apenas borradores, escritura manual, soez terminología acusan. Pero tampoco vamos a decir que esto es escoria. Nada de eso: construcción de una narración transitoria que asume como modelo a una desarrapada. Tendió su proclama en cartelones, también esas mismas palabras produjeron un rayado sobre el suelo de cemento de la plaza-.
-Relumbran enteros, como orificios sus deseos de ficción, por atomizarse en electricidad, que se devuelve en el reverso de la página destemplada de lecturas: así pierden sus lacras y recobran el antiguo color, donde no están vendados los pies ni ulceradas las piernas. Todo el catastro perdido umbilical en su insignificancia. La letra amontonada sobre los carteles, esta desenfrenada proclama de la plaza-.
-Para ser leídos desde atrás de los plásticos que los salvan de la lluvia y por eso descifrados, mirada y texto, cuerpo y mente se refrotan. Se abre así la novela, surgen los personajes, se los lee bajo la iluminación de la plaza. El plástico evita el deterioro, como cubierta, como forro. Se ambienta la pupila y los chorros de agua gustan la caída sobre la piel-.
(...)
Y dime ahora qué se siente estirada en el banco, cubierta de plástico, a plena espalda de la literatura. Porque así se puede decir cualquier cosa -dime algo de tu arrogancia- puedes verificar como empiezan a llegar los pálidos hasta los demás bancos y cada uno se tapa, aunque ya traspasados bajo la lluvia y encuentran entonces sus miradas -digo- que se tienden a traves del polietileno produciendo la desproporción del ángulo, transformando los faroles, los árboles, el cesped, hasta que lleguen a ubicarla -tambien deformado bulto- a la que se mueve en la impunidad del refrote. Así la lluvia se desata sobre éstos pero se refrota en el plástico, privando el goce carnal de esa agua.
-Pero cómo brillan esos, cómo aguantan la maestría de sus dobleces, cómo se miran ésos y se reciben desatados, púbicos, limpios. Saber que sus pieles se erizan por el agua que no los toca. Sí, sus piernas y vellos con la boca remiten gestos: la lengua sobre los labios, los ojos empañados bajo el plástico y se encienden para nadie los faroles, para nadie este ornamento. Se acomodan como líneas ordenadas sobre la página y toda la plaza los imprime y toda lluvia los entinta. Se imprimen y se tensan en su propio movimiento y por refrote son publicados: familiares en su orden, tipificados-.
-Cómo se sublevan por los toques: Ilusionismo del plástico que los niega en módulos fragmentarios, reiterándolos como esquirlas, circunstanciales carteles o afiches quizás, saltando desde los resquicios, implementados como grafitis: sus cuerpos-.
-Como contrabandean sus miradas antecediendo a la plaza como antro, prófugos de la letra impresa, apenas borradores, escritura manual, soez terminología acusan. Pero tampoco vamos a decir que esto es escoria. Nada de eso: construcción de una narración transitoria que asume como modelo a una desarrapada. Tendió su proclama en cartelones, también esas mismas palabras produjeron un rayado sobre el suelo de cemento de la plaza-.
-Relumbran enteros, como orificios sus deseos de ficción, por atomizarse en electricidad, que se devuelve en el reverso de la página destemplada de lecturas: así pierden sus lacras y recobran el antiguo color, donde no están vendados los pies ni ulceradas las piernas. Todo el catastro perdido umbilical en su insignificancia. La letra amontonada sobre los carteles, esta desenfrenada proclama de la plaza-.
-Para ser leídos desde atrás de los plásticos que los salvan de la lluvia y por eso descifrados, mirada y texto, cuerpo y mente se refrotan. Se abre así la novela, surgen los personajes, se los lee bajo la iluminación de la plaza. El plástico evita el deterioro, como cubierta, como forro. Se ambienta la pupila y los chorros de agua gustan la caída sobre la piel-.
Pero no: marcan el cemento, nutren los árboles, desafían la electricidad.
(...)
D.E.

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