Para Anna los días empezaban más temprano que los del resto de sus convivientes y acababan más tarde. Pensaba más que los que cerraban su círculo y callaba más que los mismos. Pensaba porque le era inevitable, porque el motor interno de la razón andaba sin necesidad de combustibles, o bien, tenía la propiedad de usar el combustible inagotable. Pero ese motor no movilizaba sólo a la razón, pues aunque nunca nadie creyó sus pocas palabras al respecto, este tenía unos cables desviados que se conectaban con sus afectos, habiendo una constante continuidad entre lógica y emoción, y así, la lógica dejaba de serlo tanto y las emociones dejaban de serlo tanto. Anna nunca estuvo abstraída del círculo mas así parecía siempre estarlo, quizás porque lo abarcaba completo, siendo ella y siendo todos y al final, siendo nadie. Y aun sus días siendo más extensos, dilatados hacia sus extremos, la mañana y la noche, no podía abandonar su vida viviendo con las demás vidas. Ella estaba despierta mientras los demás dormían. Nunca estuvo ella despierta temprano, despierta tarde. Ella estuvo despierta más temprano y más tarde.Una de esas noches en que los minutos eran más tardíos que los del resto llamó a la puerta una mano que de vez en cuando aparecía en aquellos horarios templados de percepciones absolutas. Los golpes eran propios de Charles. Suaves y rápidos, ansiosos y llenos de cartas para elegir. Al abrir ofreció una, tomó la mano de Anna y acordaron encontrarse en el paradero con el número que había precisado al micrero para que él le avisase cuando bajar de la máquina. Anna salió hacia la noche y algo agotada de tanto esperar se le llenaban los ojos de lágrimas aun sin un bostezo que las anticipara. Y allí estaba Charles para recibirla con su abrazo. Callados decidieron caminar hasta la casa de la gente bella, acortando camino por calles en que se alineaban árboles frondosos y hacían de la hora una hora aun más oscura de la que ya era, conformando callejones negros entre ellos y las rejas que no distaban demasiado de los frontis de las casas sin luces ni ruidos. Después de mucho zigzaguear por ningún lado un grupo de siluetas y risas se acercaban hacia ellos y sin darse cuenta, Anna estuvo en los brazos del niño hermoso con apariencia de hombre podrido con ojos de sexo femenino, y en el instante que advertía la obsolescencia del reloj para despojarse de su tristeza no atinó a decir otra cosa que no fuera, ¿podrías bajarme?. El instante que pronunciaba el advenimiento del encuentro intemporal se desvaneció como los aplausos en la obra de teatro para el actor, solidificando las distancias, corroborando la estupidez que prolifera en la soledad.

1 Comments:
aush
:(
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