jueves, junio 08, 2006

Dear (Agosto de 2004):


Una sombra desfasándose por los planos de ese callejón. No resultaba muy difícil imaginarse que con sólo oír a la otra sombra, seguiría andando hasta esperar que ella se cruzase con sus movimientos. Ambas cayeron en la ingenuidad de la caricia, en la ingenuidad de los ojos enmantelados de agua y sal, susceptibles por sus inseguridades más íntimas. Una sombra se fue desfigurando. A medida que pasaban los días su vientre dejaba asomar rayos de luz que resquebrajaban esa silueta gris perfecta de la que tanto disfrutaba. Esa luz dibujaba un bulto muy pequeño que se sumaba a otros tantos menores que él. Fue adquiriendo articulación inteligible: era evidente; la otra una sombra estaba viviendo en una sombra, por ello tan demacrada se le había visto aquel último reloj. Y la otra sombra sumergida en su masa grisácea, la que merecía el real nombre de oscuridad, se fue introduciendo en las rendijas de los tablones y de los ladrillos, se fue yendo donde nada había, a aquellos parajes donde ni siquiera el mortero pudo llegar, tampoco el agua escurrida de la mezcla. Una sombra se desgarraba. El encuentro de ambas había sido demasiado intenso, sus noches no tenían propietario único, eran de ellos, nada de una, nada de otra, todo de ambos. Incluso la otra una sombra fue un regalo a la fuente de negra viscosidad común. Mas la otra sombra siguió huyendo y una sombra quedó en ese callejón experimentando sola el cambio de la oscuridad a la luz.

1 Comments:

Blogger Unknown said...

de aquella muerte que relatas... sinceramente me aterra que alguna vez llegue a ocurrirme... algo de ello conozco porque hay personas cercanas a mi que les ocurrio y es algo tan inmenso, que yo nosé si seria capaz de sobrellevarlo...


uff!

10:30 p. m.  

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